Comentarios en sus catálogos

En este apartado veremos los comentarios que tanto el Pintor como personas relacionadas con el mundo del Arte en Murcia han aparecido en algunos de los catálogos de las exposiciones que el Pintor ha realizado entre los años 1952 y 2.010

 

 

Introducción al Catálogo

 

 

Observaciones

 

Catálogo – Año

 
José Reyes Guillén

1972

 

1975

 

1976

 

1977

 

Catálogo-Guía

1981

 

1982

 

Retrospectiva – Justificación

1987

 

Dintornismo

1989 – 1

 

1989 – 2

 

1992

 
D. José Sánchez Moreno

Exposición Sala de Cazadores

1952

 
D. José Ballester

Exposición en Sala Chys

1968

 
D. Pedro Alberto Cruz

Retrospectiva – Presentación

1987

 
D. Ramón Jiménez Madrid

Acuarelas – Presentación

1996

 
D. Ramón Jiménez Madrid

Oleos – Universidad de Murcia

2.011

 
 
 
 

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Año 1972

Me presento por enésima vez ante vosotros, paisanos. Quiero decir con mi obra: que por escrito nunca lo hice. En anteriores ocasiones me presentaron prestogiosas plumas murcianas. Pero esta vez, el miedo que siempre tuve de que el contenido de mi obra no concordase con la calidad de la presentación, ha sido más fuerte que mi desenfado para pedir tal favor. Por otra parte muchos de vosotros me conocéis o me recordáis (como bueno o como malo, que en eso no me meto).Realmente no hace falta que nadie me presente. Ahí está mi pintura. Nada importa que mi persona física sea como es o de otra manera, ni que mi medio siglo de vida haya sido agitado o apacible, ni que esté o no esté encuadrado en ésta o en aquella tendencia. Ahí estoy, desnudo en mi pintura, pregonando mis virtudes – si es que las tengo – y no pudiendo ocultar mir vicios como bien observaréis.

En todo caso, si pasáis un buen rato con mis cuadros, me daré por satisfecho.

 

El Pintor.

 

 

Año 1975

El Pintor estaba convaleciente de la gripe, aún no limpio de fiebre, todavía en cama, y en el ocio pensó que era el momento de redactar esta presentación, y comenzó a escribir:“Se ofrece al público en esta exposición una temática variada servida por técnicas diferentes, aspirando en ella el denominador común de la amabilidad”.

El pintor se dio cuenta entonces de que no sabía hablar de su propia pintura. Y se dedicó a escuchar la Novena sinfonía que ya iba por el tercer tiempo. El tercer tiempo de la Novena Sinfonía siempre humedece los ojos del pintor. Así como el cuarto le da escalofríos. Escalofríos celestiales, digo yo que serán.

Además de la Novena le hacían compañía al pintor algunas de sus obras, todas deliciosas en la luz suave de la habitación: al menos así las veía él a través de sus ojos húmedos, o así le “sonaban” entre los arpegios de la Novena. O era la fiebre.

El pintor sabe que todo es relativo. Si no fuera así. ¿Por qué lo que le entusiasma en un momento determinado le aburre en otro distinto? Es importante el entorno. Es importante el estado sicológico.

También sabe el pintor que nadie ve por los ojos de nadie, ni tampoco ve nacie por las palabras de los demás. Por eso el pintor cree inútil el elogio de su obra en su propio catálogo, aunque el elogio proviniera de otro. Por eso el pintor se limita a decir: “ahí queda eso”,. Y a desear que el momento sicológico del visitante sea propicio para que pase un buen rato ante los cuadros, como lo está pasando el pintor ante su propia pintura cuando esto escribe, no sé si por la obra, no sé si por la música, quien sabe si por la fiebre…

El Pintor

 

 

Año 1976

            Sin Milagros, ni estridencias poco a poco, pero febrilmente, van surgiendo las obras. Y se van amontonando una a una, de cara a la pared, como castigadas por su osadía de nacer. Y allí están casi olvidadas meses y meses. Sólo algunas de ellas, los retratos, son mimadas desde el mismo instante de su creación, pues apenas han nacido cuando ya están adornando, bellamente enmarcadas, elegantes salones.Las obras tienen un destino más incierto. El pintor, alguna vez las saca de su rincón y dialoga brevemente con ellas para volverlas luego a su ostracismo.

Pero llega un día grande para todas. Vestidas con sus mejores galas – hasta donde se puede – son exhibidas al gran público y ofrecidas como valiosa mercancía. Allí están, bajo los cálidos focos, las pobres tierras de nuestra seca geografía: los humildes cacharros de gamas grises en contínuo diálogo, siempre mudos: las cotidianas escenas familiares jugando con la luz y el color, y los retratos, que han venido a acompañar a sus hermanas. Allí están, femeninas y con sus mejore afeites, dispuestas enorgullecerse si las piropean, o entristecerse si las ignoran y a volverse locas de alegría si algún rendido enamorado se las lleva.

Las que no tenga tal suerte, cuando se extinga el brillo de la exposición, volverán a su ostracismo, tristes, porque saben que esta vez será más largo, muy largo. Se mezclarán con otras que nacieron antes que ellas y que arrastran un olvido de muchos años. A veces, muy de tarde en tarde, el pintor, que las engendró y las parió, porque las ama, las desempolva, las acaricia y las requiebra con ternura para que no se muera de asco.

El Pintor

 

 

Año 1977

            No es nunca la obra del arte hija del azar. Aunque en las más geniales creaciones de los grandes artistas de todas las épocas no asombre la simplicidad, la desenvoltura, la aparente rapidez y despreocupación de su  factura, podemos estar seguros de que nada de todo aquello que nos subyuga, desde la magnitud de la composición hasta el más leve detalles, es obra del azar. Todo está estudiado, elaborado concienzudamente. Se ha soñado, se ha meditado, se ha trabajado y se ha sufrido mucho. Y como fruto esplendoroso ha surgido la obra de arte, milagro de los hombres. No: en el logro de la obra de arte no interviene la casualidad.No me refiero solamente a la obra que podemos llamar “terminada”, sino también a esas otras simples, espontáneas, nerviosas, que llamamos “apuntes”. Sabido es que el apunte tiene que ser forzosamente de ejecución rápida, ya que en la mayor parte de los casos se dispone de muy poco tiempo para captar aquello que está allí y se nos va. Y se pone a prueba no solamente lo que se pude llamar “destreza de mano”, “estar en dedos”, sino sobre todo la “concepción”, la obra de arte surge en el apunte cuando el artista, embebido en lo que ve, olvidado de todo, concibe mediante la percepción, y simultáneamente su mano ejecuta. Sí, milagrosamente, porque de otra forma no puede ser, el artista ha concebido vida, movimiento, gracia, humanidad, aunque su mano sea torpe, le ayudará un ángel, y en el apunte habrá ARTE. Si no se produce el milagro y el artista no concibe con fortuna, por diestra que sea su mano, carecerá de la ayuda del ángel, y en el apunte no habrá ARTE. Un buen apunte es como una manifestación divina, es como el estornudo de un dios.

He elegido para esta exposición obras de diversa factura (lápices, rotuladores, ceras, tintas, óleos) que, quizás, podrían se catalogados como apuntes, aunque yo os aseguro que todas me han hecho sufrir.

Sea como sea, ojalá que ésta serie de “estornudos” resuenen divinamente en vuestro corazón.

El Pintor

 

 

Año 1981

Catálogo – Guía

1.- CALLE DE LA AURORA.
  Antaño risueña y simpática, blanca y coqueta, sus balcones rebosantes de geranios y claveles, portal de la huerta que más allá del arco hermoseaba. Hoy, triste y solitaria, vieja y carcomida, pasto de piqueta. Bajo el arco, sucios escalones; al fondo, cemento y persianas. ¡Arco de la Aurora, calle en que nací!
2.- ATRIO DE LAS CLARAS.
  Pequeños y callado, cruz de piedra erguida sobre tulipanes, muros de yeso agrietados, lisos balcones de maderas viejas siempre enclaustradas. En la penumbra oscura de un zaguán sin puerta se adivina el torno.
3.- PUENTE DE LOS PELIGROS.
  El agua mansa, oscura, te refleja, puente de piedras seculares presidido por la Virgen de tu nombre, antes de caer en el azud de donde yergue – ¿cómo? – un pequeño pino.
4.- PLAZA DE SANTA ANA.
  Recortada, casi al alba, sobre un cielo iluminado, dormida parece. ¡He ahí un aparcamiento ilustre!
5.- PLAZA DE LAS FLORES.
  Te quité los coches que a la sombra estaban. Te dejé casi cual eres. Con tus flores, con tus viejos muros de San Pedro, con la eterna palmera y el contrapunto voluble de los naranjos.
6.- PUESTOS DE LA PLAZA DE LAS FLORES.
  Sobre viejos muros y puertas y balcones de maderas carcomidas, el tinglado de los puestos de las flores que perfuman la mañana de aromas y colores.
7.- PUENTE DE LOS PELIGROS (Aguas arriba).
  Con el tráfico del puente al filo del mediodía, no nos llega del río ni el más leve susurro. Las aguas se deslizan lentas, de incógnito.
8.- LAS CLARAS.
  Media mañana, domingo, invierno murciano, sol apacible, la silueta inconfundible de las Claras, dos beatas que oyeron Misa tempranera y un coche que pasa. En el interior – tiempo pasado – una monja muerta y un monaguillo de sotana azul y roquete rizado.

 

 

9.- SAN ANDRÉS.
  Por entre las frondas del huerto de la “Fábrica del Salitre”, en mi infancia y juventud, desde mi casa veía su espadaña. A su sombra, con la vecina Iglesia de Jesús, cantando y emocionando siguen los Auroros.
10.- SAN MIGUEL.
  Allí me bautizaron y allí me casé. ¡San Miguel! A mis familiares muertos allí los llevé ¡Triste San Miguel!
11.- LA GLORIETA.
  El rincón de Palacio, la estatua de Belluga, los cipreses y los finos chorros de pequeñas fuentes, con algunas gentes bajo un sol tibio y apacible.
12.- PUENTE VIEJO Y CATEDRAL.
  Para este río encorsetado entre muros de piedra, al puente le sobra un ojo. La Catedral a lo lejos, recibe el último sol de la tarde.
13.- EL CARMEN.
  A contraluz, su oscuro cuerpo y gemelas torres se recortan sobre el cielo de media mañana. El sol inunda el asfalto y hace translúcidas las hojas otoñales de unas ramas que, curiosas, por un lado asoman.
14.- SANTO DOMINGO.
  Fuente contraste de claroscuro, Iglesia y jardín a contraluz de un cielo brillante por el sol de mediodía, escoltados por los secos trompetazos de las desnudas ramas de las moreras.
15.- SANTO DOMINGO (Desde el Romea)
  Triste y pesada fachada sin remates que esconde del sol su faz huraña en esta hora mañanera, contrastando con la alegre y risueña de las Claras, su vecina. Los coches que durmieron al sereno y las descarnadas moreras contemplan el paisaje.
16.- El Puente Nuevo.
  El río discurre entre cañas y muros y casas bajo el puente de hierro: el Puente Nuevo.
17.- PLAZA DE BELLUGA.
  Entre el imafronte de la catedral que ocultan parcialmente los chorros de la fuente, con sus santos de piedra recortados sobre el cielo, y el pintor a este lado del cuadro, algunas gentes pasan distraídas. Y en escorzo fugando al fondo el deshabitado Seminario de San Fulgencio.

 

 

18.- ARCO DE SANTO DOMINGO.
  En un día gris, de invierno, con el empolvado suelo ya mojado, parece que el sol quiere romper por los tejados y en el ensanche de la plaza, más allá del arco.
19.- EL AZUD DEL MALECÓN.
  Cae la tarde, las aguas del río se detienen antes de deslizarse por el azud, y luego se remansan junto al viejo molino. Del sol se adivinan los últimos destellos y las palmeras quieren escaparse del crepúsculo que ya anuncian las encendidas farolas del Plano de San Francisco.
20.- CALLE DE LA FUENSANTA.
  Pequeña calle, siempre enmarcando a la Torre. Por abajo, brillo de escaparates, letreros comerciales, coches, agentes y ruinas, si levantas la mirada, la Torre de abajo arriba.
21.- PLAZA DE CAMACHOS.
  Según Se baja, a la derecha, la vieja fila de casas – arquitectura murciana – recibiendo el sol de una mañana dominguera. Duerme el quiosco y duermen los comercios. Un marino se apresura para no perder el tren.
22.- FLORIDABLANCA Y EL CARMEN.
  Típica avenida carmelitana con el ornato de las frondas del jardín y aromas de la Samaritana, en una mañana de luz difusa. Al fondo la elegante silueta del Carmen. Y algunos coches y algunas gentes que van y vienen.
23.- MAÑANA DE VIERNES SANTO.
  Sobre los pies descalzos de sus nazarenos, pausadamente Jesús camina – mañana de Viernes Santo – por la plaza de Belluga.
24.- RINCÓN DE LA GLORIETA.
  Cipreses y naranjos, mirtos y tulipanes, estatua y palacio, sol y Murcia.
25.- PLAZA DE ROMEA.
  También Murcia se respira en esta plaza: teatro de Romea; monumento de Planes a Fernández Caballero; viejos palacios de familias murcianas… y otro ilustre aparcamiento.
26.- JARDÍN DE FLORIDABLANCA.
  Pequeño pulmón del Carmen una apacible mañana dominguera. Bajo sus frondas, entre troncos centenarios, las gentes pasean y conversan. Empuja un padre de andar cansino un coche de inválido; las palomas picotean, y un fotógrafo del minuto se dispone a trabajar.

 

 

27.- CALLE DE LOS APÓSTOLES.
  De la sombra larga de la nacida mañana, y de entre los coches que a tus pies aparcan, te yergues hacia el sol en tu belleza, Capilla de Los Vélez, en Murcia por siempre encadenada.
28.- VIEJAS CLARAS.
  Discos, prohibiciones, advertencias, el pino vencido, propaganda, yeso y ladrillo. Y sol.
29.- VISTAS DE MURCIA.
  Nuestra Murcia de antes y de ahora,

amalgama de moros y cristianos,

con bello cielo azul desde la aurora

y la Torre que amamos los murcianos.

 

 

Año 1982

“Amo tanto a la Pintura que mi propio ser está desparramado en Ella, y Ella forma parte de mi propio ser. Me pertenece”.Así decía un joven pintor. Y éste que aquí veis, no tan joven, suscribe ese soberbio pensamiento, aplicándoselo. La Pintura es suya. La lleva en la sangre, en los tuétanos. Aspira y espira pintura… en la soledad de su Estudio. Allí no hay más pintor que él. Porque afuera,…, afuera, en el mundo, es otro cantar. ¡Puñeta, cuántos pintores hay! Y la mayoría con el mismo presuntuoso pensamiento, aunque, a veces, escondido. Como consecuencia, ¡cuántos celos!.

Todos conocéis los grandes amores de la Historia. Imaginaos a Beatriz, Julieta o Dulcinea siendo cortejadas, asediadas y hasta poseídas por muchos de sus coetáneos – algunos de ínfima categoría – y, además, con su complacencia. ¡Sudores de sangre y escalofríos de muerte hubieran padecido el Dante, Romeo o Don Quijote! Pues algo así les pasa a los pintores cuando identifican a la Pintura – el Amor – con su particular Beatriz, Julieta o Dulcinea. Pero no, no debe ser así. El Amor es uno, con mayúscula, y muchos los amadores de sus amoríos, con minúscula.

El pintor ama su pintura, está en su pintura y su pintura está en él. Naturalmente que se goza en la Pintura. Pero no ama, vive y delira más que por su propia pintura. No podría decir, como  Luis XIV. “la Pintura soy yo”: ni mucho menos, como Jesucristo, “Yo soy la Verdad”. Pero si que podrá afirmar: “mi pintura soy yo”, “mi pintura es mi verdad”. Que es lo mismo, si se es sincero, que decir: “yo soy yo”, lo que es una perogrullada. Por ello lo mejor es callarse.

Así, quien suscribe os deja con el pintor metido en cada cuadro y pone punto final a esta introducción que el artista se inventa para sustituir los habituales  elogios de doctas plumas, que le faltan.

José Reyes Guillén

 

 

Año 1987

Exposición Retrospectiva

JUSTIFICACIÓN

Exposición retrospectiva, ¿por qué? ¿A qué echar una mirada atrás si todavía aleteo? Recientemente hemos admirado en Murcia algunas Exposiciones antológicas de eximios artistas murcianos ya fallecidos, que nos han deparado el gozo estético y el estudio panorámico de la obra de cada uno de ellos, así como su entendimiento y su recordación. Y les hemos rendido un callado homenaje. Es obvio que aún no estoy entre ellos. Tampoco soy “nuevo en esta plaza”, que, de serlo, justificaría la “retrospección”, pero ha tiempo que pisé, por vez primera, su albero.Pues si no soy “estinto” ni “debutante”…

Creo tener una razón poderosa; mi reencuentro pleno con la Pintura; la vuelta a mis orígenes, en los que sólo era pintor. De todos es sabido mi profesión docente. Así, pues, éramos tres: la Pintura, la Docencia y yo. Tenía “entre dos amores mi corazón repartío”, como cantaba el Pinto. Pero desde este año, jubilado de la docencia por razón de edad, quedaremos solamente mi pintura y yo, los que siempre fuimos.

Por ello he creído conveniente un “examen de conciencia”, llamémosle así; un estado de cuentas, una auditoría, un esto es lo que hay…

Al tiempo que nos prometemos, mi pintura y yo, plena dedicación mutua y hacemos optimistas e ilusionados planes para el futuro.

El Pintor

JOSÉ REYES GUILLÉN

Escribir sobre un determinado pintor, con el sosiego que produce la ausencia de la premura crítica, y sobre la base del conocimiento previo de toda la obra y de sus estadios evolutivos, siempre es gratificante. Si a eso, añadimos la relación profesional como lazo definitivo que sirve para comprender los muchos pasos dados y no dados, las renuncias habidas, y los sacrificios impuestos por un trabajo que no remunera material ni psíquicamente, es comprensible que lo escrito trascienda los ácidos y, sin caer en el halago vacío de contenido, trate al autor y a su obra con especial cariño.

José Reyes Guillén, nace en 1921 en la murciana calle de la Aurora, a la sombra del Arco que transformaba su estrechez, y propiciaba el diálogo íntimo entre el hombre y la naturaleza, tan próxima y tan excitante en su verde lujurioso; y a la vez, aislaba de ella, creando un interior urbano meditativo y sin agobios. Quizás, de aquí surgiera la inclinación del pintor por las escenas intimistas, bien logradas en sus acuarelas, aguadas y dibujos.

Realiza sus estudios primarios en las vetustas aulas de la Graduada Aneja a la Escuela de Magisterio, y los secundarios los concluye en la Escuela de Comercio de Murcia, con el grado pericial. Pero su auténtica vocación, bulle con fuerza en el niño / adolescente, y simultáneamente acude a las clases nocturnas de dibujo en la Real Sociedad Económica de Amigos del Pais. Allí, tiene como profesor a D. Pedro Sánchez Picazo, cuya trayectoria se vió interrumpida por las circunstancias, y de pintor de figuras que era lo que le atraía, pasó a ser conocido como “el pintor de las flores”, aunque esta exclusividad no sea del todo correcta. La relación profesor / alumno, y conocida la frustración de aquél, nos podría permitir establecer una hipotética explicación de la tendencia de Reyes hacia la figura, el retrato para ser más exactos, género en el que le vemos desenvolverse con plena seguridad.

Concluida la Guerra Civil, y ya totalmente decantado hacia la pintura, se presenta a las becas, convocadas por el Ayuntamiento de Murcia, para realizar estudios de Bellas Artes en Madrid, y obtiene una por concurso de méritos en 1941, disfrutándolas hasta 1946, año en el que concluye la carrera.

Estudios, trabajos, exposiciones, caracterizan estos años de formación, tanteos y definición de las líneas maestras que seguirá su obra, con los cambios normales producidos por la evolución. Parte de una concepción en la que la luz juega un papel importante como elemento diferenciador y contrastante, que queda plasmado en todas las obras de este periodo. El color, acompaña a la luz, sin decantarse hacia una u otra solución, pues lo que le interesa es su dominio y la sobriedad en el uso. En cuanto a la temática. Vemos como sus centros de interés quedan concretados, y los interiores – aguadas -, y el retrato – óleo -, son sentidos y elaborados con especial dedicación.

En el retrato, encontramos una serie de características que, con pequeñas variaciones, permanecen a lo largo del tiempo. Son retratos de busto, con la cabeza a tres cuartos, contrastes de luz y sombra, y una clara insistencia en la expresión, a medio camino entre lo inquisidor y lo melancólico, derivada del intento de captación de los valores intrínsecos del personaje, y superadora de los límites puramente fisonómicos.

Y toda esta actividad y logros, no quedan escondidos, pues en 1942 expone en la Sala de la Económica, y obtiene un premio de dibujo en la Exposición Regional de Cieza, preludio de las sucesivas exposiciones y de los premios que jalonan estos años: Premio de Dibujo en la Exposición Nacional de Cieza, premio de Pintura, Autores Noveles, en la Exposición Regional organizada por el Ayuntamiento de Murcia (1948), y premio de Pintura, autores ya premiados, en la Exposición Regional de Murcia (1950).

La década siguiente, es decisiva en la vida de Reyes Guillén, por cuanto a la actividad pictórica une la docente, necesidad impuesta por circunstancias familiares, y ante la dificultad que siempre se ha tenido para vivir de la pintura. Y así, en 1952, inicia su carrera en la enseñanza como Profesor de Dibujo en el Instituto Nacional de Enseñanza Media y Profesional de Jumilla.

En el mundo del arte su nombre sigue sonando, y en 1951 recibe un premio de dibujo en la fase preparatoria de Murcia para la I Bienal Hispanoamericana, celebrada en Madrid; y realiza exposiciones en Murcia (1952 – 1955), y Jumilla (1953, 1955), aparte de las colectivas y de su selección para el Premio Villacís (1957).

Su pintura, continúa en la misma línea temática, con pocas apariciones del paisaje, con el cual no llega a sentirse identificado plenamente, sin que por ello descuide la factura. Profundiza en el campo de la acuarela, con una técnica que hace personal al utilizar el dibujo como base sobre la que se desarrolla el color, aplicado con una densitud que lo aleja de lo propio del procedimiento, pero que le sirve para potenciar los aspectos intimistas y descriptivos, y dar una mayor solidez a las figuras y objetos representados. De ellas, escribe José Sánchez Moreno en 1952 , con motivo de la exposición celebrada en la Sala de la Sociedad de Cazadores:

“Reyes sabe recoger las vibraciones de lo humano en las manchas de aquéllas, realizadas con técnica de pintor al óleo. Y decimos esto porque si alguna vez se ha sacrificado la transparencia que por principio reclama el procedimiento, ha sido en servicio de la corporeidad de las cosas hasta darles relieve, como el de la escena de la tapicería, o la cocina, o las ropas que cuelgan de los muros”.

En el retrato, una serie de aspectos interesantes aparecen como exponentes de la evolución: clarifica algo la luz, hace girar la cabeza del personaje hasta mirar al espectador, y adopta una actitud más enfática. Más importante, por los cambios formales y conceptuales que supone, es el tratamiento que da a los fondos. Parte de una interpretación personal del cubismo, y al trasladarlos a ellos, los descompone en planos geométricos, en los cuales el color juega un papel primordial al contribuir con su degradación a la construcción estructural; esto, le sirve para encuadrar la figura. Los resultados son importantes, como se puede apreciar en el retrato de su madre.

En 1960, gana por oposición la Cátedra de Dibujo del Instituto “Príncipe de Viana” de Pamplona. Son ocho años de ausencia de la tierra natal, y de presencia expositiva en otras latitudes: Caja de Ahorros Municipal de Pamplona (1962), “Pintores Navarros de hoy”, Zaragoza (1965). Exposición Nacional de Bellas Artes, Madrid (1966). Concursos Nacionales de Vitoria y Linares (1967); además de integrarse en la vida de la capital Navarra, donde llego a ser Profesor de Pintura y Dibujo en la Escuela Municipal de Artes y Oficios Artísticos. Mas, la lejanía no le hace olvidar a Murcia, y se presenta en varias ocasiones al premio Villacís (1961, 1963 y 1967), y expone individualmente en la Casa de la Cultura (1965).

Trasladado a Murcia en 1968, al año siguiente realiza una exposición en la Galería Chys, de la que D. José Ballester dice lo siguiente:

“Lo que vemos en esta exposición es que se caracteriza por una serie de ensayos de naturaleza muy diversa entre sí. Por ejemplo, su “Paisaje Navarro”, tiene toda la variedad de matices de una pintura, y ha sido desplegado con acertada disposición en sus elementos… No lejos de él, una “Santa Cena” hace asomar al Conjunto la faz del expresionismo, mientras por otras partes surgen muestras de una fidelidad rigurosa a la disciplina académica…”

En efecto, en sus obras busca nuevas formas de expresión que enriquezcan el lenguaje; y esto, lo vemos en las ceras (en las que utiliza la plancha para su fundido), los dibujos y las acuarelas (más sintetizadas), y, sobre todo, el óleo en el que utiliza colores más intensos y puros, próximos al fauvismo, y con intencionalidad expresionista; la materia se densifica, e introduce estructuras compositivas distintas, y símbolos relacionados con el mundo infantil cuando retrata niños, o de una época que sustituye el árbol por la antena de televisión.

Asentado definitivamente en Murcia, su actividad se centra en la enseñanza y la pintura, y se aleja voluntario del bullicio, muchas veces sin sentido de lo que más adelante se denominará “movida”. El continúa su andadura libre de implicaciones y de sometimientos a modas, e investiga, al igual que en los periodos anteriores distintas formas de expresión desde su perspectiva personal; y de todo ello, da cumplida cuenta en las exposiciones que realiza en Murcia (1972, 1975, 1977, 1978 y 1979), Valencia (1972), Cartagena (1973), Torrevieja (1977) y Madrid (1978).

Consecuencia de lo dicho, es la serie dedicada a los toros, con cambios sustanciales en la forma y el concepto. Carga la materia, con lo cual el pigmento adquiere un doble valor visual / táctil; construye los fondos con superficies de color que crean planos diversos y esquemáticos, y que contribuyen, junto con los símbolos utilizados, a recrear ambiente esotéricos relacionados con el mundo taurino; otro detalle interesante, es el aire ingenuista en el tratamiento de algunos temas. En la acuarela, prosigue con su técnica tradicional y peculiar en la utilización del procedimiento, pero dentro de una mayor claridad compositiva al simplificar los elementos, y una depuración del color, consecuencia de las “mezclas” e incluso de los “lavados” a que somete a las obras después de concluirlas.

El Último periodo de Reyes Guillén, el actual, podemos iniciarlo en 1980 con su viaje a París, ciudad en la que pasa el verano dedicado a la pintura y al estudio del arte contemporáneo. Esta toma de contacto con la realidad pasada y presente, le reafirma en su modo de hacer y concebir la pintura, con una clara tendencia a conservar, e incluso a recuperar, todo aquello que ha definido su obra en etapas anteriores. El dibujo, privativo siempre, se hace ahora mucho más evidente, y llega, en algunas acuarelas, a ser descriptivo y pormenorizado, y conducente, como vemos en el retrato, a la acentuación del realismo, sin caer en excesos intelectuales o líricos.

Años de síntesis y de reelaboración, cuyos resultados plasmados en obras se expusieron al público en numerosas ocasiones (dentro y fuera de Murcia); resúmenes de una vida pictórica que no acaba con la presente exposición, sino que abre un nuevo ciclo, en el cual, el pintor, libre de condicionamientos externos, se prepara para enfrentarse única y exclusivamente a su vocación primera y permanente: LA PINTURA.

Pedro Alberto Cruz.


 

1989-1

En esta exposición el pintor hizo la presentación del Dintornismo, fruto de la continua búsqueda de nuevas formas de expresión en el arte.

 

Dintornismo:

 

Normalmente en un cuadro se representa una escena que pertenece a un espacio y tiempo determinados, y que se desarrolla “al otro lado del lienzo”, delante del pintor. A lo largo de la historia los artistas se las han ingeniado, de una u otra manera, para poder representar dos o más escenas en dos o más espacios dentro del ámbito del cuadro. Y así vemos que se han utilizado franjas narrativas a modo de comic; o nubes que dividen el cuadro en dos espacios, terrenal y celestial, en donde se representan escenas distinas; o una ventana o puerta abierta al fondo,  que crea  un nuevo espacio adicional en donde se representa  otra escena que, aunque relacionada con la principal, ocurre en tiempo distinto; etc. Pero todo ello “al otro lado del lienzo”. A veces se ha utilizado un espejo (Van Eyck, “Los desposorios de Arnalfini”; Velázquez, “Las meninas”; Manet, “Bar del Folies-Bergere”), con el que se ha intentado representar también, más o menos tímidamente, lo que está “a este lado del lienzo”, a las espaldas del pintor. Y esa es la intención que persigo en mis obras actuales: representar el entorno, lo que mi buen amigo Pepe Molina ha bautizado con la palabra “dintornismo”, del italiano dintorno, entorno, alrededor. La utilización del escaparate en mis primeros intentos me facilita el estudio, ya que en sus lunas se reflejan las calles, casas, coches, gentes, la vida misma, el entorno que está tras el pintor incorporado a los elementos propios del escaparate. Como los elementos propios del escaparate pueden ser “creados”, así como también “lo que está al otro lado del lienzo”, las posibilidades de representación de espacios y tiempo distintos en el ámbito del cuadro pueden ser infinitas.

El Pintor

 


 

Año 1989 – 2

 

Nos hallamos inmersos en un mar de agresiones continuas a nuestra mente, a nuestro espíritu. Basta con leer los periódicos, ver la televisión o caminar por nuestras calles. No hay día sin que se  produzcan hechos horribles que al instante nos llegan a través de los medios de comunicación como mazazos hirientes: muertos por las guerras, muertos por el terrorismo, puertos por accidentes y catástrofes, muertos por el hambre… Y  en otro orden de cosas, también se nos bombardea, y no con menor ensañamiento, con la macroeconomía, ostentaciones de la “jet”, ocho millones de pobres, enjuagues políticos y financieros, beneficios bancarios, inflación, déficit y enfriamientos. Y todo ello entre ruidos, atascos, miedo a la delincuencia, droga juvenil,… para qué seguir. ¡Y con la terrorífica y latente amenaza, – que alguien nos recordará de vez en cuando – de un desastre nuclear…!Pero el hombre, sumergido en este inmenso y tenebroso mar, siempre encuentra un lugar donde emerger a la esperanza.

Amigo visitante, yo te ofrezco un remanso de paz.

El Pintor



 

Año 1992

Suele ocupar este lugar de los catálogos de exposiciones artísticas alguna prestigiosa pluma que glosa la obra del artista y ensalza sus virtudes plásticas. Pero el autor de la obra que se anuncia en este catálogo que tienes en tus manos es un tanto reacio a ello, quizás por pudor. Y como esta página no debe quedarse en blanco, el propio pintor decide llenarla, como ha hecho otras veces. Y ahí le tenemos, acodado en la mesa ante el folio inmaculado, con la mano en la mejilla, cavilando, cavilando…

Diré algo sobre la intimidad de los interiores y de las cosas humildes… Quizás sería mejor hablar del color… O bien de la luz… Sí, de la luz, verdadera protagonista de todos mis cuadros… No. Mejor que entrar en cuestiones estéticas o técnicas, hablar de cualquier otra cosa, del año noventa y dos, por ejemplo, tan cacareado y esperado… ¡Cuánto globo hinchado forrado de oropel vamos a ver, y cuántas frustraciones se van a padecer…! No. Mejor será…

Dejemos al pintor en sus cavilaciones y pasemos nosotros a ver su obra, que al fin de cuentas a eso hemos venido.

El Pintor


 

Año 1996

Me temo que Murcia no ha entendido del todo el arte de José Reyes Guillén, artista poliédrico, capaz de manejar muchas técnicas sin desmerecer en ninguna. Y sospecho que gran parte de la culpa la tiene el propio artista, entregado primero, como catedrático de instituto, a sus clases, marchando ajeno al mercadillo persa de las ventas, tan propio del mundo del arte, un universo áspero y difícil, mucho más en estos tiempos de crisis galopante. Parece como el hombre que tiene un estatus, una profesión asentada, rodeado del prestigio de los compañeros, no pudiera sobresalir en el arte, destacar de manera relevante. Pues bien, digamos que tampoco eso le ha preocupado ni mucho ni poco al artista, consciente de su saber, laborando en silencio en su estudio, entregado, mucho más ahora que vive disfrutando de su jubilación, a su tarea de hacer retratos, óleos, tintas, paisajes, bodegones, arlequines, homenajes. Porque incluso para los que hemos estado cerca del artista, nos impresiona esa inusual dedicación a su pasión, así como nos sorprende la ingente cantidad de obra que posee tras más de cincuenta años de trabajo.

José Reyes Guillén hubiera podido comparecer de muy diversas maneras, pero ha tenido a bien hacerlo con un conjunto de acuarelas, arte que algunos consideran menos, pero que en sus manos retoma el prestigio de lo clásico. Paisajes con o sin figura y notas de interior que nos hablan de su amor por la naturaleza y la meticulosa atención que le presta a la vida cotidiana. Miembro de la Generación del Medio Siglo, aficionado a las formas sencillas, capta con facilidad las luces mediterráneas, las aguas mansas de los ríos segureños, los árboles de Yeste, las casas abandonadas del campo de Cartagena, los bosques incendiados, los cielos claros, los campos de luz y huertos en donde madura el limonero, plácidos caminos, grises sierras, espacios que forman parte del paisaje íntimo del autor. Y también, artista cordial y de bondad, acepta el reto de entrar en salas y casas para mostrar domésticas escenas de realidad y poesía, plasmadas con la meticulosidad del orfebre y la placidez de quien ve la cálida vida con orden y sosiego.

José Reyes Guillén, que se asomó al mundo del arte en el ya lejano año de 1942, nos enseña una vez más que sigue en la brecha, bien vivo y con los ojos abiertos, viendo pasar globos hinchados forrados de oropel. Él, a su manera tan peculiar, ajeno a guerras y cenáculos, sigue disfrutando de lo que ama y siente y de tanto en tanto, acaso más dilatadamente de lo que debiera, dejando fina constancia de su meticuloso y brillante quehacer artístico.

RAMÓN JIMÉNEZ MADRID

 

 

 

Año 2.010

Anda próximo a los noventa años este murciano llamado Pepe Reyes Guillén que ha pasado gran parte de su vida entre lienzos, pintando la naturaleza, capturando el paisaje, retratando muchachas desnudas o caballeros y yo, una vez más, muestro mi estupor de que apenas sea conocido en su tierra murciana, mi asombro de que haya participado en pocas exposiciones o que no haya sido recogida su obra en algunas publicaciones que tienen por meta cubrir el panorama de la pintura murciana del momento. Puedo, alegar en esta situación, su personal modestia que le aleja de mostrar la vanidad necesaria para mostrar sus habilidades, su recorrido por tierras pamplonicas o jumillanas en donde ha impartido su magisterio, probablemente culpable él mismo de esa anonimia que le azota pese a la maestría de su arte. Seguramente, y sigo en el régimen de las disculpas, Pepe Reyes Guillén no haya pasado hambre para vender sus cuadros pese a que ha estado obligado a trabajar, como profesor, sin cese para sacar adelante a su nutrida prole. Parece ser, y es como una condena, que el artista ha de vociferar para darse a conocer, ha de gritar para sacar a la luz sus asuntos. Y nadie más lejos, aunque no le acompañe su vanidad de artista, del ajetreo del medio artístico que un hombre tranquilo como él, un hombre jovial y divertido, que se siente a gusto –y todavía pasa cuatro o cinco horas al día pintando- cuando trabaja en la pintura, sea ante el óleo o la acuarela, en donde, pese a que no figura en esta exposición, ha conseguido grandes logros

José Reyes Guillén, Pepe para los amigos, es un hombre que por educación y convencimiento ha bebido en los cánones clásicos y sigue instalado en ellos hoy en día. Ha pasado por la escuela de Bellas Artes, ha enseñado Dibujo en centros educativos – fue director del IES Floridablanca – y ha forjado una obra que está anclada en las coordenadas clásicas y figurativas aunque, y lo hago constar por si interesa, sería capaz de impregnarse de las esencias vanguardistas si lo estimara oportuno, tal como apreciará en algún cuadro quien visite esta exposición que la Universidad de Murcia le ofrece. Es un virtuoso de la forma y siempre se expresa, incluso cuando saca el buen humor que le acompaña, dentro de los senderos realistas, de la pintura que hemos llamado figurativa, aunque contenga grumos grotescos o esperpénticos.

En esta exposición ha creído conveniente, entre los cientos de cuadros que almacena en su taller, cubrir cuatro partes o instancias: en primer lugar el retrato, con nueve cuadros realizados en los primeros años del siglo XXI, y en donde se precia el dominio del trazo, el acercamiento al representado y su verdad que puede ser familiar, académica, cercana – incluye su propio autorretrato – o ajena; Reyes Guillén, siempre lo he creído, es un consumado retratista, uno de los que mejor respetan la figura humana, quien mejor observa la psicología del retratado. La segunda parte de la serie, de los años noventa en su mayor parte, la integra un homenaje a la figura desnuda de la mujer, bien sea en calidad de madre o de musa. Es la zona en done se interpreta su sentido clásico y mítico de la pintura, su afición a la belleza tal cual, sin prendas que la vistan. El tercer recorrido nos conduce en sus composiciones por un camino amplio y variado que nos certifica el amplio espectro de sus temas y asuntos. Lo mismo homenajea a pintores y músicos como se detiene en el perfil guiñoleso o carnavalesco de las figuras que capta con seguridad y aplomo. Y remata con una cuarta parte íntegramente dedicada a bodegones, si bien considerados zona humilde – por decorativa – de la pintura que él nunca ha despreciado. La delicadeza de los detalles, el apunte fiel, nos indican la continua práctica de esta parcela en la que se siente a gusto.

Amigo de sus amigos, hombre afable y modesto como persona, conserva razones pictóricas que harán ciertamente que su obra sea analizada, revisada, valorada y estimada con alguna justicia algún día. Su prestancia clásica y la perfección de su técnica lo exigen. No sé cuándo será posible conseguir ese premio, pero estoy seguro de que ahora es el momento de poder gozar de las imágenes que nos proporciona un pintor que vive con pasión su oficio y que aún hoy, a edad avanzada, sigue fiel a su arte, aferrado a la paleta. Arraigado a la tradición y a los paisajes murcianos y manchegos, insertos en una estética realista, José Reyes Guillén tendrá algún día el alto valor que merece y presiento

 

 

RAMÓN JIMÉNEZ MADRID

3 comentarios

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Pintor Murciano J.Reyes Guillén